
Cuando pensamos en la historia económica de Europa o de Estados Unidos, solemos imaginar fábricas, trenes cruzando paisajes, grandes comerciantes o bancos imponentes en ciudades como Londres o Nueva York. Lo que no siempre aparece en esa postal son los millones de personas esclavizadas cuyo trabajo forzado fue la base de todo ese crecimiento.
La esclavitud no fue solo una tragedia humana. Fue también una estrategia económica. Durante siglos, las potencias coloniales construyeron sus fortunas sobre los cuerpos, las vidas y el sufrimiento de africanos y sus descendientes. Es una parte incómoda de la historia, pero crucial para entender cómo se construyó el mundo moderno.
EL COMERCIO TRIANGULAR, UNA MÁQUINA DE HACER DINERO
Entre los siglos XVI y XIX, se desarrolló lo que se conoce como comercio triangular. Europa enviaba productos manufacturados a África, donde eran intercambiados por personas esclavizadas. Luego, esos hombres, mujeres y niños eran transportados a América, en condiciones inhumanas, para trabajar en plantaciones de azúcar, algodón, tabaco o café. Finalmente, los productos agrícolas eran enviados de vuelta a Europa, donde se vendían con enormes beneficios.
Este sistema, brutal y eficiente, enriqueció a comerciantes, reinos y bancos. Financiaba guerras, obras públicas, universidades. Algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo, desde aseguradoras hasta universidades como Harvard o Yale, recibieron fondos directa o indirectamente vinculados con la trata esclavista.
TRABAJO ESCLAVO: LA MANO DE OBRA INVISIBLE DEL CAPITALISMO
Durante mucho tiempo, los libros de historia nos contaron que la Revolución Industrial fue obra de la creatividad europea, del ingenio empresarial y del espíritu del progreso. Pero esa historia está incompleta. Muchos historiadores, como Eric Williams o Edward Baptist, han demostrado que la esclavitud no fue un obstáculo al capitalismo, sino un motor esencial.
Por ejemplo: las plantaciones de algodón en el sur de Estados Unidos, donde trabajaban millones de personas esclavizadas, alimentaban a la naciente industria textil británica. El azúcar producido en el Caribe financiaba inversiones en ferrocarriles y puertos. Incluso la contabilidad moderna tiene raíces en la gestión de estas plantaciones, donde se medía con precisión cuántas horas debía trabajar cada esclavizado, cuánto valía su producción y qué castigo debía aplicarse si no cumplía.
Muchos de esos esclavizados eran considerados bienes muebles, es decir, propiedad. Como tales, podían ser vendidos, hipotecados o utilizados como garantía para obtener préstamos. Es decir: además de producir riqueza, eran literalmente convertidos en dinero.
¿ABOLICIÓN EQUIVALE A JUSTICIA?
La abolición de la esclavitud no fue un acto de redención humanitaria. En la mayoría de los casos, los gobiernos indemnizaron a los dueños de esclavos por la “pérdida de su propiedad”, pero no a las personas esclavizadas. En Reino Unido, por ejemplo, los pagos a los antiguos esclavistas continuaron hasta bien entrado el siglo XXI. En Estados Unidos, la abolición llegó solo tras una sangrienta guerra civil, y muchos afroamericanos siguieron viviendo en condiciones de semiesclavitud a través de leyes de segregación y trabajos forzados en cárceles.
En América Latina, la situación no fue muy distinta. Brasil fue el último país del continente en abolir la esclavitud, en 1888, y no ofreció ningún tipo de reparación a las personas liberadas. En muchos países, se promovió una “blanqueamiento” poblacional mediante la inmigración europea, al tiempo que se ignoraban sistemáticamente los derechos de las comunidades afrodescendientes.
UN LEGADO QUE NO HA DESAPARECIDO
Decir que la esclavitud terminó en el siglo XIX es cierto solo en parte. Su legado económico, social y cultural sigue muy presente hoy. En muchas ciudades del continente americano, las poblaciones afrodescendientes tienen menos acceso a educación, salud o empleo formal. En los países donde la esclavitud fue masiva, la desigualdad estructural sigue reproduciendo las jerarquías del pasado.
Además, muchos de los bancos, empresas y países que se beneficiaron de ese sistema aún no han reconocido ni reparado ese daño. De ahí que hoy existan movimientos que reclaman justicia histórica: desde disculpas públicas hasta compensaciones económicas o devolución de tierras y patrimonio.
Hablar de esclavitud en clave económica no significa minimizar su brutalidad. Al contrario: es reconocer que esa violencia fue planificada, sistematizada y ejecutada con objetivos de rentabilidad. Que el sufrimiento humano fue parte del modelo de negocios. Y que si no incorporamos esta verdad al relato histórico, estaremos perpetuando una versión sesgada, parcial y cómoda para los poderosos.
Revisar esta historia nos obliga a mirar con otros ojos las riquezas heredadas, las instituciones veneradas y las estructuras de poder aún vigentes. Nos invita a preguntarnos: ¿quién pagó el precio del progreso?
BIBLIOGRAFÍA
Williams, E. (1944). Capitalism and Slavery. University of North Carolina Press.
Baptist, E. E. (2014). The Half Has Never Been Told: Slavery and the Making of American Capitalism. Basic Books.
Beckert, S. (2015). Empire of Cotton: A Global History. Vintage.
El País. (2025). Clint Smith: “Es imposible entender la economía de EE UU sin la esclavitud”. https://elpais.com/cultura/2025-05-01/clint-smith-escritor-es-imposible-entender-la-economia-de-ee-uu-sin-la-esclavitud.html
Política Exterior. (2021). La esclavitud que forjó la política y la economía modernas. https://www.politicaexterior.com/articulo/la-esclavitud-que-forjo-la-politica-y-la-economia-modernas/
Army University Press. (2008). Una breve historia de la esclavitud. https://www.armyupress.army.mil/Portals/7/military-review/Archives/Spanish/MilitaryReview_20080630_art009SPA.pdf

Muy buena reflexión basada en datos, dando una perspectiva menos visible del crecimiento de Estados Unidos. Me ha parecido muy enriquecedor el artículo. Un saludo.