
Entre los años 1936 y 1939 acontece en España la guerra civil española, un conflicto fruto de las tensiones sociopolíticas ocasionadas durante el periodo de la segunda república.
En el transcurso de esta guerra, se viven encarnizadas batallas que darán forma al conflicto por el poder de la nación española, las facciones que conforman ambos bandos causan destrucción y muerte por igual, se destruyen fábricas, hogares, campos de cultivo, animales, tanto de ganado como de transporte, también caen puentes, quedan inutilizables aeródromos y carreteras. En resumen, la capacidad productiva de España se estremece.
Ya durante la guerra surge el problema de alimentar a la población, cada bando tiene que encargarse de garantizar las redes de suministro de productos básicos necesarias para mantener tanto a la población como a las milicias, un difícil reto teniendo en cuenta el colapso económico, la militarización de la producción, la pérdida de rutas comerciales y el desabastecimiento generalizado.
En la zona republicana, la distribución fue caótica y descentralizada: el gobierno perdió el control efectivo en muchas regiones, y fueron comités locales, sindicatos y milicias quienes organizaron las colectas y el reparto. Se requisaron propiedades privadas, se colectivizaron tierras y se implantaron cartillas de racionamiento, especialmente en ciudades como Madrid o Barcelona. Sin embargo, estas cartillas resultaron ineficaces ante la falta de suministros y la desigualdad: muchas veces, el acceso a alimentos dependía del partido político al que se perteneciera o del control de la zona.
En la zona nacional, el régimen franquista estableció un sistema más centralizado y autoritario. Se impusieron entregas obligatorias a los agricultores, precios máximos y controles estrictos sobre el transporte y la venta de productos. Las ciudades estaban provistas mediante cartillas de racionamiento y comisiones de abastecimiento, con prioridad para el ejército y las familias leales al régimen. Pese a estar más organizados, también hubo escasez y hambre generalizada.
En ambos casos, la población se vio tarde o temprano obligada a recurrir al mercado negro, al trueque o al uso de sucedáneos alimentarios como el pan de guerra (hecho con harinas de baja calidad), gachas de harina, algarrobas o bellotas. Las condiciones fueron especialmente duras en las grandes ciudades y durante los inviernos, lo que preparó el terreno para el auge del estraperlo en los años siguientes.
ORIGEN DEL TERMINO ESTRAPERLO
La palabra estraperlo proviene de un escándalo ocurrido durante la Segunda República, en 1935, conocido como el caso Straperlo. El nombre es una contracción de los apellidos de dos empresarios, Strauss y Perl, quienes intentaron introducir en España una ruleta eléctrica trucada para su uso en casinos. Para conseguir su legalización, sobornaron a varios políticos del Partido Radical, uno de los principales grupos parlamentarios en aquel momento, dirigido por Alejandro Lerroux.
El escándalo estalló públicamente, provocando una fuerte crisis de gobierno, el hundimiento político del Partido Radical y un nuevo deterioro de la ya frágil legitimidad del sistema republicano. A raíz de este episodio, el término estraperlo empezó a usarse en la prensa y en la calle como sinónimo de corrupción, influencia ilegal y negocio turbio con implicaciones políticas. Tras la guerra, el termino se reconvertiría para referirse a la venta clandestina de productos básicos, como alimentos, medicinas o ropa, que se realizaba al margen del sistema oficial de distribución
CARTILLAS DE RACIONAMIENTO
Con la victoria franquista, la situación empeoró. En 1939 el nuevo régimen instauró las cartillas de racionamiento para 26 millones de personas, fijando cupos semanales muy bajos de pan, patata, aceite, azúcar, carne, etc. Por ejemplo, un decreto de junio de 1939 establecía 400 g diarios de pan, 250 g de patatas y tan sólo 50 g de aceite por persona. En la práctica, estas entregas eran tan miserables que «la única opción de asegurar la supervivencia era comprar en el mercado negro».
El gobierno implantó controles de precios (tasas), tribunales militares y multas contra el acaparamiento, pero ninguno logró atajar el fenómeno. En la década de 1940 el estraperlo se expandió grandemente por toda España. Los precios oficiales resultaban irreales: en 1946 (el llamado “año del hambre”) el azúcar costaba 10 veces su tasa oficial, el pan 4 veces, el aceite 6 veces y el arroz 5 veces. El racionamiento duró hasta abril de 1952. Durante esos años se calcula que entre 200.000 y 600.000 personas murieron por desnutrición o enfermedades asociadas. La miseria fue tal que muchos historiadores afirman que la guerra civil “no acabó hasta el final del racionamiento”.
OFERTA DEL MERCADO
El mercado negro se alimentaba, ante todo, de la necesidad. Durante los años de la Guerra Civil y especialmente en la dura posguerra franquista, los productos básicos más codiciados eran precisamente los más escaso y su circulación clandestina se convirtió en un fenómeno generalizado.
Los alimentos fueron el núcleo del estraperlo. El pan, en concreto el pan blanco de trigo, que era casi inaccesible por vías legales, fue uno de los bienes más buscados. También lo fueron el aceite de oliva el azúcar el arroz, el café las legumbres el chocolate los embutidos y la carne, todos ellos racionados o directamente ausentes en la red oficial de distribución. En muchas ocasiones, los productos que se vendían de forma clandestina eran de mejor calidad que los disponibles legalmente, lo que los hacía aún más codiciados por quienes podían permitírselo.
Pero el estraperlo no se limitó a los alimentos. También incluía productos de uso doméstico o personal: jabón, ropa, calzado, medicinas y tabaco, circulaban por canales paralelos, muchas veces a precios desorbitados. Incluso la gasolina, controlada por el Estado, se comerciaba de forma ilegal para usos privados o agrícolas.
Esta economía sumergida no solo era una forma de enriquecimiento ilícito, sino también una estrategia de supervivencia para millones de personas. Desde campesinos que escondían parte de su cosecha para venderla en secreto, hasta redes organizadas de transporte, almacenaje y reventa, el estraperlo se convirtió en un sistema alternativo que respondía a la incapacidad del Estado para abastecer a la población.
OPERADORES DEL ESTRAPERLO
El mercado negro de la posguerra fue para muchos una necesidad. Dadas las duras condiciones de vida tras la guerra cada uno hacia lo que podía por comer y sobrevivir. Dentro de esta situación podemos encontrar 3 agentes principales que estaban en relación con el estraperlo.
En primer lugar, podemos hablar del pueblo llano, refiriéndonos como tal a obreros, agricultores, proletarios, campesinos, y las familias de ellos, viudas y huérfanos. Gente poco pudiente, que tuvo que recurrir al mercado negro como necesidad dada las pobres condiciones de vida que el racionamiento ofrecía. Recurrían al trueque o al contrabando de productos tasados para poder suplir sus necesidades alimenticias. Las requisas de las autoridades eran recurrentes, afectando mayormente a esta clase, en muchos casos, familiarizados con el bando republicano, eran quienes más sufrieron las represalias de la posguerra. También se podría destacar a los pequeños agricultores como uno de los grandes afectados, entregando sus cosechas al estado por un precio ínfimo vieron el rendimiento de su cosecha mermado, obligándoles también a operar con parte de la cosecha para poder sobrellevar su oficio
Por otra parte, encontramos a los especuladores, generalmente eran comerciantes, industriales, agricultores terratenientes y grandes propietarios, los cuales contaban con mayores capacidades de almacenamiento y distribución, algunos operaron el mercado negro a gran escala, enriqueciéndose grandemente de la situación (Por ejemplo, en Barcelona proliferaron los nuevos ricos como los hermanos Muñoz Ramonet, de quienes decían: “En el cielo manda Dios y en la tierra los Muñoz”). Algunos de ellos, eran además cercanos al régimen y partidarios del levantamiento contra la republica (A menudo los más afectados por colectivizaciones y expropiaciones de las milicias comunistas y anarquistas. además de intervenir en el estraperlo, sirvieron de base social para afincar el nuevo régimen y enriquecerse a su vez.
Por último, encontramos al tercer agente, el mas polifacético, las autoridades franquistas y falangistas. Desde los discursos oficiales falange denunciaba y criticaba el estraperlo como una herramienta burguesa egoísta y antipatriótica. Desde el principio de la posguerra este fue uno de los problemas vitales del nuevo gobierno.
Las autoridades y el funcionariado establecieron organismos (Fiscales de Tasas, tribunales militares, Comisaría de Abastecimientos) para perseguir el estraperlo. Muchos guardias civiles y falangistas intentaban reprimir el contrabando, pero eran insuficientes. Se promovieron condenas en contra de los operadores de este mercado y demás sanciones multas desde 100 a 1000 pesetas.
Sin embargo, a nivel particular la realidad era distinta, el mismo gobierno era consciente de la necesidad de este mercado para evitar el colapso social, además de la ineficacia de la cartilla de racionamiento. Muchos de los cargos dependientes del gobierno en ayuntamientos y gobiernos locales hicieron la vista gorda a cambio de un porcentaje incluso algunos llegando a colaborar en el mismo mercado, mas en el caso en el que fueran pudientes. Se castigaba sobre todo a los pequeños expendedores, mientras las grandes redes quedaban mayormente impunes.
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS, SOCIALES Y POLÍTICAS
El estraperlo tuvo efectos profundos en la conciencia del pueblo español. Para la población significó una fuente vital de subsistencia, pero también de humillación y desigualdad. Mientras unos pocos ganaron fortunas ilícitas, la mayoría vio dispararse los precios y empeorar las condiciones de vida. La división “vencedores contra vencidos” se acentuó: el régimen premió a sus fieles con cuotas extras y perdones, mientras estigmatizaba a los derrotados obligándolos a estas actividades. Según Miguel Ángel del Arco, el estraperlo fue clave para estabilizar el franquismo: este “intruso cotidiano” se convirtió en uno de sus “mejores aliados para perpetuarse”, ya que alimentó redes clientelares y corrupción estructural. Consiguió así afincarse y ganarse a muchos empresarios y grandes productores a los que protegía a cambio de ser leales al régimen.
ÁREAS DE MAYOR INFLUENCIA
El estraperlo no fue homogéneo en toda España. Se concentró especialmente en las zonas urbanas y fronterizas. Las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia…) sufrieron los peores desabastecimientos. Al mismo tiempo, las zonas rurales fértiles (Andalucía, Castilla, Levante) se convirtieron en despensas clandestinas para las urbes. La frontera con Portugal “La raya” fue epicentro de contrabando: vecinos de Extremadura y Andalucía cruzaban a diario sacos de café y alimentos, soportando incluso abusos de los guardias fronterizos. También hubo tráfico ilegal con Francia y por el norte de África. En resumen, el estraperlo alcanzó su máxima intensidad en el interior peninsular y las fronteras.
DECADENCIA DEL ESTRAPERLO Y LEGADO
El declive del estraperlo comenzó en los años cincuenta. Con la mejora gradual de la economía, el fin del racionamiento (suspendido en abril de 1952) y la apertura internacional (Plan de Estabilización de 1959), desaparecieron las condiciones que lo hicieron tan lucrativo. La recuperación económica permitió que los productos básicos reaparecieran en los mercados regulares, reduciendo drásticamente el tráfico ilícito. Sin embargo, el legado social e histórico del estraperlo permaneció por décadas. La memoria popular quedó marcada por el trauma del hambre.
El término mismo entró en la cultura como símbolo de períodos de escasez y corrupción. En los años siguientes se realizaron estudios académicos (muchos ya en 1970-80) y se publicaron artículos de prensa e incluso documentales (p. ej. el corto Tránsito, en Huelva) que rescataron estas historias ocultas.
